27/3/07

Llueve sin cesar mañana y tarde y noche. El gris del cielo se proyecta hecho jirones sobre el silencio que me habita irremediable. Se oye más fuerte el mar, removido de espumas y de tormentas lejanas, tormentas y tormentas...
Se acercan los días de soledad: solo dentro de unas horas volarás y dejarás en tierra el calor irrepetible de tu presencia que todo lo llena.
Confieso que tengo miedo, un poco cuando menos, a la ausencia irremediable que se avecina que llama ya con sus dedos a mi ventana.
Recuerdo un árbol sangrante que escupía la roja sabia de su ramas al sentir la herida de la tijera que podaba su esqueleto invernal desnudo y retorcido. La imagen se ha quedado grabada en los meandros inconscietnes de la memoria y se me aparece de manera imprevista como una bofetada impía de dolor vegetal. Es caprichosa, sí, la memoria, como lo es, aunque previsible en cierta medida, la naturaleza toda. Ese rincón, ese valle, ese torreón desnudo y arrogante, ese prodigio bordado en blanca piedra gótica que se yergue ágil hacia el azul intenso y frio del cielo castellano... el recuerdo que arrastra y emociona ¿emociona?
Los sentimientos esconden y transforman los recuerdos. Las cosas no eran como aparacen a retazos en la memoria, sino como tal vez quisiéramos haberlas contemplado en esos instantes imposibles en que los ojos se empeñan en buscar la impresión de la luz en la química del recuerdo.

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